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Sobre las rivalidades

Antonio Jaramillo

De todas las cosas que vi durante el tiempo que estuve viendo el mundial de futbol en Brasil, lo que más me llamó la atención fue la manera como el pueblo brasilero vivía la rivalidad con la selección de Argentina. Ante la “invasión” argentina, ambas hinchadas inventaron cánticos para mostrar su superioridad dentro y fuera del campo. Todo dentro de los límites normales del fútbol. Todos esperábamos una final Brasil-Argentina en la que los ánimos se resolvieran en el partido más importante que tiene el futbol internacional. No obstante, cuando Brasil quedó eliminado de manera traumática y Argentina ganó en los tensionantes penales, pasó algo que me sorprendió. La mayoría de los brasileros pasaron a apoyar a Alemania, su verdugo en las semifinales, y poner todo su empeño para que perdiera Argentina, un país que es vecino y que es con el que más comparte relaciones de todo el mundo.

Más allá de lo indignante que me pareció apoyar a una potencia europea sobre un país latinoamericano y que, aún en medios periodísticos de opinión, celebraran la derrota de Argentina como una victoria propia, me parece que el fenómeno merece una explicación que sobrepase la opinión negativa o positiva.

Argentina x Irã, 21/06/14. Vila Madalena, São Paulo. Foto: Enrico Spaggiari.

 

Los brasileros que apoyaban a Alemania (recalco, no todos pero sí la mayoría) argumentaban que si ganaba la selección Argentina iban a tener que aguantar las bromas pesadas de los argentinos para siempre, que ya se veían venir una cancionsita que les recordara esto hasta el año 2060. Cosa que, debo admitir, sería absolutamente cierta. Sin embargo me gustaría arriesgar una hipótesis un poco más aventurada.

Derivado de una larga tradición de pensamiento del siglo XX, hoy en día se valora la unidad y la identidad, la paradoja es evitada y uno de los valores máximos es la consecuencia. Así, en los medios habituales es interpretado el fútbol de las selecciones nacionales: dan identidad, orgullo, reflejan valores y despiertan los sentimientos de unidad de los países muchas veces separados por otras razones. Incluso los críticos apelan a las mismas razones: patrioterismo, manipulación, desvío de las razones de importancia… todo apunta hacia sentimientos falsos de conglomeración.

Argentina x Suiça, 01/07/14. Arena Corinthians, Itaquera, SP. Foto: Enrico Spaggiari.

 

Pero las rivalidades, parte esencial del futbol, hacen parte de un sentimiento de diferenciación. Esto me gustaría recalcarlo, además de una dimensión unitaria, el futbol es un mecanismo altamente complejo de crear alteridades. La región metropolitana de Buenos Aires y el sur y sureste de Brasil, son mucha más parecidos entre sí, en términos objetivos, que las otras regiones de sus propios países. Dejando de lado la barrera del idioma, que en realidad en mucho menor de lo que se cree, porteños y brasileros de las regiones mencionadas comparten un modo de organizarse y de ver la vida con las mismas seguridades y miedos, las mismas afirmaciones y las mismas maneras. Bueno, sino las mismas unas muy parecidas vistas desde Colombia.

Pero mantener una relación con la alteridad de manera segura es fundamental para todas las sociedades. La alteridad mal enfrentada genera desestabilización y daño, por eso es preciso crear mecanismos en el que el otro sea reconocido, identificado y así enfrentado. Ante las pocas bases sólidas de encontrar un otro fuera de sus fronteras nacionales, argentinos y brasileros se reinventaron a sí mismos mediante el futbol. Una rivalidad irreconciliable en un terreno muy importante pero finalmente domesticado para ambos. Décadas de encuentros y cánticos han alimentado una diferencia ingenuamente reconocida y por eso profundamente poderosa.

Argentina x Holanda, 09/07/14. Arena Corinthians, Itaquera, SP. Foto: Enrico Spaggiari.

 

Lo más curioso es que esta alteridad creada, basada sólo en la necesidad de tener un otro cercano, es más poderosa que la verdadera alteridad. Alemania, el otro demasiado distante para poder ser parte, es un tercero en discordia que poco importa para la rivalidad. Humilló a uno en la semifinal y le arrebató el campeonato en las postrimerías de la final al otro, da igual, la rivalidad alimentada fue la cercana: Brasil-Argentina.

El futbol, en tanto nos ayuda a reconocernos heterogéneos, es una excelente muestra de un mecanismo con el que apelamos a la inconsecuencia, la paradoja y la diferenciación para contrarrestar la unidad, la consecuencia y la identidad. Eso me enseñó el mundial de Brasil 2014.

Argentina x Alemanha, 13/07/14. Maracanã, Rio de Janeiro. Foto: Enrico Spaggiari.